Árticulo de opinión aparecido en el periodico Información del 26-07-2002

Urbanismo depredador sobre la Condomina

EMILIO MARTÍN ESTUDILLO

Una vez destrozada Cala Cantalar, erizada de bungalows y peinada a raya con un aberrante paseo marítimo y condenados los Saladares de Agua Amarga y la sierra del Colmenar ante la inminente construcción de la, al parecer imprescindible, Ciudad de la Luz (o del cine, a saber qué toca ahora), le ha llegado el turno a la Huerta de Alicante, o a lo que queda de ella, asediada como está por urbanizaciones, piscinas, avenidas, autopistas y campos de golf. Desde hace unos meses se reproduce a sus anchas el virus de la especulación en los fértiles suelos que acogen vides, olivos y algarrobos centenarios. Dos grandes consorcios de la construcción están en liza para apropiarse de uno de los pasteles más apetecibles de la llanura litoral de l´Alacanti: la Condomina. Como Valencia o Murcia, Alicante y sus ciudades predecesoras (Akra Leuka, Lucentum, Laqant), deben su desarrollo a que contaban con campos de cultivo en sus cercanías que las proveían bien de alimentos básicos (cereales, aceite), bien de productos agrícolas (uvas e higos secos, vino) con los que intercambiar otros bienes. De la riqueza que produce la tierra combinada con el trabajo de hombres y mujeres, la Condomina ha sido durante milenios despensa y, como toda zona agrícola, cuna de cultura e identidad, que se moldearon sembrando y cosechando, construyendo acequias, azudes y caminos, elevando torres defensivas, dibujando, en fin, con el paso de los siglos, un paisaje único.

Los valores que acoge la Condomina, ahora seriamente amenazados por empresas y políticas sin escrúpulos, van de lo histórico a lo ornitológico, pasando por una concepción de la tierra y su relación con las personas radicalmente distinta a la que nos imponen los espasmos histéricos de la rapacidad urbanizadora, mal llamada «progreso» o «desarrollo». Un rápido repaso parece hacerse necesario: apenas a cinco kilómetros de nuestro Ayuntamiento tenemos casas señoriales del siglo XVI y XVII con torres vigías adosadas, masías de labor construidas sobre arcos de medio punto, una red de acequias de origen árabe y restos de villas romanas. Rodeados de ruidosas carreteras ramonean rebaños de cabras y ovejas, y crecen, con ritmo lento y pausado, olivos, vides, higueras, granados, algarrobos y limoneros. Los caminos de La Creu de Pedra y de Benimagrell son testigos del vuelo de más de treinta especies de aves y del paso de zorros, liebres y erizos. Aunque les pese a algunos, todavía quedan agricultores, labrando, regando como pueden, normalmente con las aguas insuficientemente tratadas de la depuradora de Orgegia a siete mil pesetas la hora, recogiendo abundantes cosechas cuyo fin, en demasiadas ocasiones, es pudrirse en el suelo debido a los precios imbatibles que procuran los cultivos industriales, generosos en pesticidas y abonos de síntesis y parcos en sabor, salud y respeto por las gentes y el medio. Pese a ello, producen para autoconsumo, para regalar sus frutos a los amigos o para regalarse de vez en cuando con la fiesta de la vendimia o de la trilla y, de paso, ofreciéndonos casi involuntariamente al resto de las y los alicantinos retazos de verdor y de cielos amplios. Pero este patrimonio milenario se encuentra seriamente amenazado por los proyectos de dos conocidas constructoras: Hansa y Ortiz. La primera, íntimamente ligada a la CAM, ya presentó hace meses su proyecto: diez mil viviendas -ahora dice que unas cuantas menos-, campo de golf y la Ciudad Europa, una urbanización concebida como un pequeña ciudad, con su propia seguridad y sus servicios privados de ocio y salud . La segunda propone grandes instalaciones deportivas (olímpicas), varios miles de viviendas y no uno, sino dos campos de golf. Para maquillar tamaño despropósito conceden al populacho (el resto de los ciudadanos y ciudadanas que no somos agentes urbanizadores) un parque para desfogarnos en la romería de la Santa Faz.

Resulta del todo irracional sacrificar dos millones y medio de suelo fértil para la construcción de miles de viviendas más cuando en Alicante hay 20.000 viviendas vacías. Escapa a toda comprensión erigir tanto y tanto cemento cuando andamos escasos de agua, huérfanos de depuradoras y sin una gestión adecuada de los residuos y la energía. Y no sirve ya la excusa de la creación de empleo, ¿qué empleo? ¿Temporal, precario, sometido a la inseguridad laboral? ¿Quién se va a llevar el pato al agua cuando la especulación haya cumplido su cometido? La Condomina necesita remozarse, es cierto, recuperar sus terrenos baldíos y proporcionarles nuevas orientaciones: parques urbanos, talleres de integración laboral, un museo de la huerta, rutas etnobotánicas, desarrollo de la agricultura biológica, creación de cooperativas de consumidores, rehabilitación de viviendas tradicionales, huertas sociales. Pongamos las ideas sobre la mesa, debatamos su futuro desde una perspectiva social y medioambiental, pero no permitamos que los que ya se han cargado nuestro litoral continúen haciéndolo impunemente y con el aplauso de la mediocre clase política gobernante.

No olvidemos que conservar la tierra agrícola es garantía de seguridad alimentaria y que conservar nuestro legado histórico y natural es una obligación moral y una necesidad ineludible. Hagámoslo antes de que nos demos cuenta de lo difícil que es arar el asfalto y de que el césped de los campos de golf es incomestible.

(*) Firman también este artículo Antonio Martínez Caballero y Manuel A. Castelló Bañuls, miembros de la Colla Ecologista d´Alacant Ecologistas en Acción