La amenaza de las partículas persistentes. La primera evaluación de los residuos tóxicos en el área del Mediterráneo revela una situación preocupante
DAVID SEGARRA | BARCELONA
Al menos 250.000 toneladas de hidrocarburos son liberadas al medio cada año por los países Mediterráneos. Los PCB (bifenilos policlorados) obsoletos que están a la espera de ser eliminados se cuentan por centenares de miles de toneladas. Y aunque algunos contaminantes, como el DDT, ya no se utilizan en Europa, su persistencia es tal que los bebés siguen naciendo con rastros de esta sustancia en su cuerpo. Éstos son algunos de los resultados de la primera evaluación de las sustancias tóxicas persistentes (PTS) en los países mediterráneos, España incluida.
El informe deja claro que estamos afectados por una gran cantidad de contaminantes que ingerimos continuamente, aunque en dosis bajas. Se conoce su actuación como cancerígenos, como productores de importantes alteraciones endocrinas y del sistema nervioso y de una larga lista de disfunciones orgánicas. El problema se plantea cuando se intenta averiguar qué efecto puede producir a largo plazo todo este conjunto de compuestos químicos juntos, actuando en dosis bajas pero regulares y continuadas sobre el organismo.
Para Miquel Porta, investigador del Instituto Municipal de Investigaciones Médicas (IMIM) de Barcelona, la dificultad estriba en que "la diversidad de efectos potenciales es muy grande". Las evidencias apuntan a que estos tóxicos favorecen el incremento de las enfermedades neurovegetativas, el cáncer, los problemas de infertilidad, las diabetes y muchas otras enfermedades. Porta destaca que "todo el mundo, sin excepción, está expuesto continuamente a estos contaminantes ya desde la vida embrionaria".
El deterioro de la salud reproductiva humana es quizá uno de los ámbitos más investigados. Estudios realizados en diversos países europeos muestran una caída del recuento espermático, un alza de las alteraciones del aparato genitourinario o un aumento de alteraciones en el desarrollo sexual.
Todas las evidencias sugieren que detrás de estos desórdenes se halla la exposición a las sustancias tóxicas persistentes que se incorporan por la alimentación. Se sabe que muchas muestras de carne, pescado, verduras, lácteos y otros productos presentan restos de PCB, hexaclorobenceno, lindano y otros compuestos. Hay que tener en cuenta, por ejemplo, que el último informe de la Oficina Alimentaria y Veterinaria de la Comisión Europea halló restos de pesticidas en el 40% de la fruta y verdura que se comercializa en Europa, el 4,5% de la cual presentaba niveles significativos.
El informe de evaluación de las sustancias tóxicas persistentes en el área mediterránea (se puede consultar en www.chem.unep.ch/pts) se ha realizado a instancias del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), y ha sido coordinado por Joan Albaigés, investigador del Centro de Investigación y Desarrollo de Barcelona, perteneciente al CSIC. Forma parte de los esfuerzos para combatir la llamada docena sucia, los 12 compuestos que el Convenio de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes trata de eliminar. Resulta una tarea muy difícil, pues durante años han sido fabricados en grandes cantidades y, aunque su producción está prohibida en la mayoría de países, han tenido tiempo de expandirse.
El informe distingue entre diversas familias de tóxicos. Por un lado están los plaguicidas, como el DDT. La buena noticia es que sus niveles en humanos disminuyen paulatinamente ante su falta de uso. La mala es la "preocupante falta de control acerca de los almacenamientos de pesticidas obsoletos" que se acumulan en los países del sur: sólo en Argelia hay al menos 190.000 kilos de DDT abandonados. ¿Qué hacen estas sustancias ahí? Cuando algunos pesticidas fueron prohibidos en Europa, lo que estaba almacenado fue a parar a los países del sur. La magnitud de esta peculiar exportación es desconocida, por eso se considera prioritario establecer inventarios realistas de estos pesticidas abandonados.
En cuanto a las dioxinas, se destaca que apenas existen inventarios fiables de fuentes emisoras, que son siempre de origen térmico. Se sabe que algunas, como la incineración de residuos municipales, han disminuido en los países europeos. Otras, como el tráfico rodado, no han hecho más que aumentar.
Al lado de estos compuestos, verdaderos clásicos de la salud pública ambiental, el informe de Naciones Unidas alerta sobre otras fuentes de contaminación que hasta ahora habían merecido menos atención. Es el caso, por ejemplo, de los detergentes: unos cinco millones de toneladas son liberados cada año, y con ellos unas 130.000 toneladas de productos poco biodegradables, compuestos de todo tipo cuyos efectos sobre la salud son poco conocidos. Por su parte, los barcos son responsables de la emisión de hasta 1.000 toneladas al año de hidrocarburos aromáticos policíclicos, asociados al vertido de unas 250.000 toneladas de hidrocarburos que van a parar cada año al mar en pequeños vertidos.
La estimación de sustancias arrojadas al medio es abrumadora. Las pinturas antifouling de los barcos liberan unas 240 toneladas de TBT (tributilestaño) al año, una cifra modesta comparada con las 900.000 toneladas de Ftalatos utilizadas para plastificar el PVC y otros materiales plásticos. La emisión de estos compuestos sigue, a veces, caminos insospechados: por ejemplo, se estima que los 24 millones de televisores existentes en España liberan cada año 20 toneladas de BFR (retardantes de llama que contienen bromo).
El auge de estos nuevos contaminantes empieza a detectarse en los humanos. Según Miquel Porta, en el norte de Europa algunos de estos compuestos (como los PDB) aparecen cada vez más en la leche materna, al mismo tiempo que los tradicionales pesticidas organoclorados están disminuyendo. Hay, pues, un efecto de sustitución de unos tóxicos por otros.
A partir del informe de Naciones Unidas coordinado por Joan Albaigés se considera necesario activar programas de seguimiento de la población humana, incluyendo la realización de estudios epidemiológicos, ya que la exposición a las PTS en la región se considera "alta" en ciertas áreas. Sin embargo, apenas hay estudios sobre humanos.